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Como mencioné en la publicación anterior, los efectos de la infidelidad pueden resultar devastadores. A modo de esquema, podemos conceptualizarlos de la siguiente manera:

Gaslighting: Quien sufre una infidelidad generalmente siente como si le movieran la alfombra donde está parado/a. El sufrimiento es mayúsculo cuando dudamos acerca de nuestra propia percepción y nos preguntamos qué de lo vivido fue o es real y que no. ¿Realmente me quiso? Cuando me dijo que se iba a tal lugar, ¿era cierto? ¿con quién estuve realmente todos estos años?

Desvalorización: Las comparaciones, inevitables en estos casos, se tornan odiosas. La narrativa visceral y a menudo irracional sugiere que nuestra pareja «prefirió» o «necesitaba estar» con otra persona porque «yo no era suficiente». Así nuestro autoestima queda definido por esta circunstancia y no por nuestro valor intrínseco. 

Falta de confianza en la relación: ¿Cómo asegurarse de que no se repetirá? ¿Es posible simplemente dar vuelta la página? ¿Tiene sentido continuar? ¿debería vengarme o hacerle pagar por lo que me hizo? ¿debería continuar la relación por mis hijos? ¿deberíamos abrir la relación? ¿volveré a sentir lo que sentía antes? 

A pesar del dolor, la infidelidad puede transformarse en un proceso de crecimiento personal y ayudar a reformular la pareja en términos más sólidos. Sin embargo, para reestablecer la conexión, es necesario atravesar un proceso doloroso para entender cómo se llegó a este punto.

Siguiendo la metáfora de Esthel Perel en su libro «El dilema de la pareja», la infidelidad es como un accidente de avión. Depués del siniestro, quedan los dos atrapados en una isla desierta y ambos deben reunir el coraje para escuchar la «caja negra» (en realidad naranja), comprender qué salió mal, cómo podría hacerse de forma y decidir si desean continuar volando juntos o no.

Si quisiera resumir este post en pocos caracteres para alguien que ha sufrido una infidelidad, sería algo así:

La confianza en la pareja se gana y, una vez perdida, esperaría que la parte que ha generado el daño esté interesada en reparlo.

Elige cuidadosamente tus preguntas; algunas son injustas, incontestables o morbosas, mientras que otras son necesarias para comprender la situación. Algunos ejemplos de preguntas válidas: ¿sigues viendo a esa persona? ¿tienes intención de cerrar esa relación? ¿has tenido conductas sexuales de riesgo que me puedan afectar? ¿por qué piensas que ocurrió? ¿quieres trabajar para resolverlo o esperar a «que se me pase»?

Los síntomas de la infidelidad son similares al Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT); es probable que haya «detonadores» que desencadenen «flashbacks». Aunque evadir personas, situaciones o conversaciones puede ser tentador, enfrentar tus miedos gradualmente es parte del proceso de curación. 

La infidelidad suele tener dos componentes: uno relacionado con la relación de pareja (probablemente haya habído algo en la relación que no iba bien) y otro con una búsqueda personal de quien cometió la infidelidad. Dividir las aguas puede ser esencial para entender cuáles son las necesidades de cada uno y cuáles son los grados de responsabilidad.

Salir del dilema de la infidelidad implica atravesarlo. Requiere valentía, comunicación honesta y la voluntad mutua de comprender, redefinir la relación y, en algunos casos, decidir terminarla.

En el próximo post, exploraré algunos motivos subyacentes que llevan a las personas a la infidelidad. Si estas reflexiones resuenan contigo, te invito a compartir tus pensamientos en los comentarios. La comunidad es un espacio valioso para el intercambio de experiencias y aprendizajes.