Neuroticismo (Parte III)

Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca han sucedido

Mark Twain

Si bien no hago psicoterapia cognitivo-conductual muchos de los aportes de Albert Ellis forman parte de mi forma de hacer psicoterapia. También es cierto que me resulta inevitable empatizar con su personalidad pragmática y lúdica. Este post, entre otros asuntos, es acerca de cómo usar el sentido del humor para hacernos la vida un poco más fácil y quizás disfrutable. Dicho esto, voy directo al grano.

Ellis desde hace más de medio siglo se ha ganado su lugar en el paseo de la fama de la psicología: Premio Humanist Association (1971), Premio ACA Professional Development (1988), Premio APA (2013) por contribuciones sobresalientes, entre una larga lista de títulos honoríficos y más de cien artículos publicados. Pero lo que más me gusta de su larga trayectoria es que empezó, sin darse cuenta, su carrera como terapeuta cognitivo-comportamental a la tierna edad de diecinueve años. En plena edad del pavo el imberbe Albert decidió afrontar su inhabilidad para entablar una conversación con el sexo opuesto mediante lo que —se enteraría mas tarde— se llama exposición in vivo. Y no dejó títere con cabeza. Estaba determinado a abordar a todas las féminas que se le cruzaran por el camino, su única estrategia consistía en concederse a sí mismo hasta cinco segundos para hacerlo (sabía que de otra forma inventaría una excusa para evitar un posible desastre). El resultado: terminó entablando conversación con más de doscientas mujeres en dos semanas. La evaluación final de esta terapia de choque no parece, en un principio, alentadora. De las doscientas mujeres con las que inició una conversación, sólo una (¡1!) aceptó salir con él (y la verdad sea dicha, la mujer no apareció en la cita). Este dato es anecdótico, porque lo realmente importante no es el resultado, sino que en el proceso venció su fobia social con creces (Ellis, 1998).

Albert Ellis (1913-2007) terapeuta cognitivo-conductual creador de la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC). También escribió extensamente sobre asuntos relacionados con sexualidad, política, religión y filosofía.

El problema de la ansiedad está en la MUSTurbación

Como suelo decir: La masturbación es buena y es un deleite, la MUSTurbation es diabólica y perniciosa.

Albert Ellis – Entrevista en Youtube

Muchos años mas tarde Ellis comprendió que la raíz de la ansiedad está en los must (en la tiranía del “debo”) y, con cierta socarronería, planteó que lo que nos genera ansiedad es en lo que denominó “MUSTurbation”. La MUSTurbation se trata de la idea irracional que la persona debe o necesita obtener lo que desea y en caso que no ocurra, se llega a la conclusión inamovible que no solo ha fracasado, sino que se es (intrincadamente) un fracaso. La ansiedad, para Ellis, responde a las demandas autoimpuestas y a la visión catastrofista en caso que las cosas no sucedan como “necesitamos” (¡por el amor de Dios!) que ocurran. El debo (o must) no permite medias tintas, “si lo hago bien, tengo valor y voy a ser querido; sino no sale tal como quiero, no valgo nada y nadie me va querer”.

Planteo tres encantadores ejemplos de cómo podemos hacernos la vida imposible: “debo hablar bien en público, si no lo logro la gente se burlará de mí, perderé el respeto que me tienen y/o pensarán que soy un completo imbécil”, “debo asistir a quien lo necesite, si me rehuso es porque soy una mala persona”, “no debo pedir ayuda, si la pido, me demuestro a mi mismo y los demás que soy débil e indigno”.

Todos los neuróticos tenemos ideas irracionales percolando nuestra forma de percibir el mundo. La manera en que nos hablamos y pensamos a nosotros mismos es fundamental para reducir el nivel de neuroticismo, por este motivo, Ellis siguiere pensar las situaciones adversas en los siguientes términos:

“Por supuesto que preferiría hacer una buena presentación y generar una excelente impresión en la audiencia, pero si no resulta tal como me gustaría no significa que hice el ridículo”, “preferiría ser de utilidad para quien lo necesite, pero no ayudar a alguien en una ocasión no me convierte en una mala persona”, “preferiría no pedir ayuda, pero si lo hago no significa que sea incapaz de valerme por mi mismo”. “Es verdad, odio perder. Pero incluso si pierdo, mi vida seguirá como siempre”.

Cuando los “debo” invaden la consciencia como los barcos en Normandía, la presión que nos ponemos a nosotros mismos es inmensa. Otro ejemplo gráfico y también paradójico es la disfunción eréctil (Ellis, 2008). La presión masculina por tener una buena performance sexual (lo que sea que esto signifique) es inversamente proporcional al resultado. Cuanto más presión, menos disfrute y por tanto, menos posibilidad de “mantener la nave a flote” (la misma lógica puede aplicarse a las mujeres, pero claro, tendríamos que cambiar de metáfora).

Es importante tener en cuenta que los deseos son preferencias, no imposiciones o mandamientos escritos en piedra.

La dictadura de los “debo” no solo puede recaer sobre nosotros mismos, sino también en la visión que le imponemos a los demás. La idea irracional podría plantearse, según Ellis (2007), en los siguientes términos: «Las personas que tengo a mi alrededor deben comportarse, en casi cualquier circunstancia concebible, de forma considerada y justa. Si esto no ocurre, es porque no valen la pena, son mezquinas y merecen ser severamente castigadas por haber actuado de forma tan abominable». (Por lo general los cognitivos-conductuales no usan la palabra “inconsciente”, pero está claro que estas creencias, o formas de pensar, no son conscientes).