Relaciones tóxicas y dinámica víctima-agresor (Parte I)

Teniendo en cuenta que se han escrito infinidad de libros, artículos en revistas e incontables videos en YouTube, he dudado en escribir sobre el tema de “relaciones tóxicas” o “vínculos adictivos”.

La diferencia con muchos artículos ya escritos es que el enfoque de este post está pensando en buscar soluciones de adentro hacia afuera, y no al revés. Estoy convencido que no es posible abandonar completamente un tipo de apego negativo tomando medidas externas sin comprender qué nos motiva a asumir un papel en la dinámica víctima-agresor. O, como bien dice una amiga, un clavo saca a otro, pero deja un agujero en la pared.

No quiero caer en el furor curandis de prometer recetas mágicas, no las hay. Lo que sí existen son alternativas más realistas que otras. En mi experiencia lo único que puede generar un cambio real y sostenido en el tiempo es llegar a un momento de verdad.

Anticipo que este post puede resultar difícil de digerir para aquellos que se encuentran atrapados en una relación de este tipo. No es en ningún caso fácil verse a uno mismo como víctima y/o agresor y, más aún, ser consciente de cuáles son las causas de que esto suceda y se repita.

Antes de continuar, tómate unos segundos para pensar qué tipo de relación o forma de relacionamiento quieres abandonar.

El primer paso es entender qué es y por qué ocurren las relaciones tóxicas o adictivas.

Más allá del diagnóstico

Franz Ruppert (2018) resume la dinámica víctima-agresor planteando que el polo víctima tiene que ver con rasgos del Trastorno Dependiente de la Personalidad (TDP) y el polo del agresor con rasgos del Trastorno Narcisista de la Personalidad (TNP).

Así, las víctimas (TDP) se caracterizan (según el CIE-10) por:

  • Subordinar sus propias necesidades a otros.
  • Estar poco dispuesto a expresar derechos ante las personas de las que dependen.
  • Miedo persistente al abandono.
  • Capacidad limitada para tomar desiciones cotidianas si no cuentan un alto grado asesoramiento y reafirmación por parte de los demás.

Ruppert (2018, p. 149) lo resume de la siguiente manera:

El llamado dependiente adoptada de forma permanente una actitud de sumisión como consecuencia de las experiencias violentas, con la esperanza de que entonces lo acepten y lo amen: ¡hago todo por ti! Esto incluye el masoquismo sexual.

La víctima tiende a vivir en una adicción a la armonía, negando, normalizando y evitando el conflicto a cualquier costo (que siempre es el suyo propio).

El agresor (TNP) se caracteriza (según el DSM-IV) por:

  • Grandioso sentido de autoimportancia.
  • Excesiva preocupación por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios.
  • Creencia de ser especial y que solo puede ser comprendido por otras personas especiales o de alto status.
  • Sacar provecho de los demás para alcanzar sus propios objetivos.
  • Baja capacidad de empatía.

Ruppert (2018, p. 148) lo resume así:

El llamado “narcisista” quiere imponer las relaciones de amor por la fuerza y hacer olvidar sus vergüenzas personales por medio de sus principales personas de referencia: ¡debes quererme, admirarme y venerarme! Además debes venerar mis proyecciones de amor (Dios, America, Alemania…), si no, estoy dispuesto a humillarte o incluso matarte.

Según Jorge L. Tizón (2015, p. 84), el agresor busca penetrar la mente o el cuerpo de los otros para satisfacer sus necesidades y está convencido que las víctimas están obligadas a aceptar esta intrusión. Para las personas que tienen un comportamiento sádico, afuera está lo oscuro y malvado —que en realidad está disociado de su interior—, no comprenden que todo su esfuerzo está destinado a combatir el trauma con más trauma.

Ahora que “le sacamos la foto” a estos dos personajes internos la pregunta obligada es, ¿por qué este tipo de personas se atraen mutuamente?

El dependiente encuentra en el narcisista un salvador; el narcisista encuentra en el dependiente el contenedor perfecto donde volcar sus fantasías de omnipotencia. A mi modo de ver, generalmente este tipo de relaciones tienen un ingrediente de adicción al drama. La relación dependiente sirve como una excusa perfecta para barrer debajo de la alfombra problemas internos más profundos. Tanto la víctima como el agresor son dependientes, porque estar sin la relación o solos, se concibe como una amenaza para la identidad y un sinsentido.

La solución al problema, entonces, no está en sacar de la ecuación al causante de traumas, sino en el abandono consciente de la dinámica víctima-agresor. (Por este motivo, comenté en una entrevista para el diario La República que no sirve cambiar a una víctima de bullying de colegio, porque este drama interno viaja con él donde sea que vaya).

A las víctimas les cuesta salir de esta situación porque han internalizado la relación víctima-agresor a tal punto que se han apartado cada vez más de su propio yo, sucumbiendo al fatalismo de “es lo que hay”, “no es para tanto, tampoco estoy tan mal”, “los hombres/mujeres son así”.

El camino de salida está en identificar en nuestra propia biografía la condición de víctima y en encontrar una alternativa a las estrategias infantiles de supervivencia al trauma utilizadas en la infancia. La idea no es victimizarse, más bien todo lo contrario, se trata de ganar consciencia y control sobre nuestros propios mecanismos internos.

Los traumas se transmiten de generación en generación. Esto quiere decir que los padres cargan sus estrategias de supervivencia sobre sus hijos, y los hijos, movidos por el amor, hacen malabares para quitarles ese peso de encima a sus padres. En definitiva, los roles se invierten y pasan a ser los hijos quienes terminan protegiendo o identificándose con sus padres (Frankel, 2017; Knox, 2010). Los cuentos infantiles sobre Barba Azul, lobos feroces o malvadas “madrastras”, para muchos niños no son fábulas, sino una triste realidad cotidiana.

Cuando los padres no logran darle a sus hijos el contacto físico, contención emocional y amor que necesitan en sus primeras fases del desarrollo, los hijos crecerán con estas carencias y modos de funcionamiento (Bowlby, 1986). En estos casos, el trabajo terapéutico consiste en identificar y hacer consciente los mecanismos de identificación con la víctima/agresor:

Solo cuando las victimas del trauma trabajen expresamente su dolor psíquico reprimido y negado, y sus miedos a la aniquilación, podrán abandonar la relación con el agresor. Este puede ser un proceso largo y costoso. Para ello tienen que recuperar primero su propio yo y su propia voluntad (Ruppert, 2018).

Este proceso en ningún caso es fácil porque ante el trauma la psique busca desterrar de la consciencia las emociones y verdades insoportables.

La pregunta entonces es cómo identificar el trauma primigenio. Aquí planteo doce preguntas que quizás te ayuden a identificarlo:

  1. ¿Hay algo, que para ti sea relevante, que no le hayas contando a nadie durante mucho tiempo?
  2. En tu infancia, ¿te han abandonado o dejado solo/a?
  3. ¿Alguno de tus padres, o alguién mayor a ti, te ha golpeado o castigado, te ha hecho moretones, cortes, arañazos o hecho sangrar durante tu infancia o adolescencia?
  4. ¿Has vivido algún tipo de acercamiento sexual que te haya hecho sentir incómoda/o durante tu infancia o adolescencia?
  5. ¿Has vivenciado algún accidente o has visto algún accidente importante? (el trauma puede ser directo o vicario)
  6. ¿Has tenido la necesidad de intervenir o mediar en la relación de tus padres para “protejerlos” o “cuidarlos” durante tu infancia o adolescencia?
  7. De pequeño, ¿recuerdas sentirte culpable o humillado?
  8. ¿Te han hecho algún tipo de intervensión medica de riesgo o has estado en una situación en la que pensaras que ibas a morir?
  9. ¿Has vivido momentos violentos (gritos, insultos, amenazas) en tu familia, en la escuela o con tu grupo de pares?
  10. ¿Te has sentido humillado o has sido objeto de burla?
  11. ¿Recuerdas tratar de evitar algún tipo de situación durante tu infancia o adolescencia?
  12. ¿Has tenido pesadillas recurrentes durante tu infancia?

Que hayan ocurrido estos hechos no garantiza que exista un trauma —en el 75% de los casos las personas logran des-traumatizarse de forma natural, sin hacer un tratamiento (Wilson, JP (1997)—, pero si alguno de estos hechos guardan todavía una gran carga emocional o crees que pueden explicar tu forma de relacionamiento actual, es algo que conviene revisar. Lo importante no es sólo identificar —de ser posible— en qué momento puntual ocurrió o ocurrieron los traumas, sino también cuáles fueron las estrategias de supervivencia que se pusieron en juego, porque posiblemente sean las mismas que sostienen el círculo vicioso víctima-agresor en la actualidad.

La buena noticia es que más allá del trauma, también tenemos partes sanas. Nuestra parte sana es aquella que nos dice, “Si traumatizo a otras personas, me hago daño a mi mismo. Si lastimo a otros, ese daño volverá a mí“. O, al revés, “Si actúo de forma bienintencionada, me beneficio. Si hago algo positivo por los demás, también gano yo”. Nuestra parte sana, nos permite diagnosticar y salir de este tipo de vínculo como un vampiro huye del ajo.

Nuestras partes dañadas, en cambio, no nos permiten ver claramente y nos llevan a reescenificar el trauma una y otra vez. Cuando una persona está en un estado de supervivencia al trauma, le resultará complicado reconocer el funcionamiento maquiavélico del agresor sin caer ingenuamente en su trampa. Por este motivo, para salir de la posición de víctima, es importante saber cómo funciona la psique del agresor y cuáles son las “manzanas” o “caramelos” que ofrece para seducir o coaccionar a sus víctimas.

Quien estudia las biografías de los causantes de traumas se encuentra con que ellos mismos han sido víctimas —a edades muy tempranas— de algún tipo de abuso, y luego, repitieron estos patrones de forma negativa en la sociedad.

Para los interesados en concer cómo se inicia el funcionamiento víctima-agresor desde el punto de vista psicológico recomiendo Debemos hablar sobre Kevin (2011).

Cuando ocurrió el trauma, la estrategia de supervivencia fue identificarse con el agresor. Han necesitado hacer este movimiento para no sentirse devorados por el trauma. Esta identificación les permitió aumentar su sentido de control y estabilidad psiquica. La lógica interna es: “la vida es un sálvese quien pueda”, “si no ataco, me destuyen”.

Generalmente las víctimas se sienten aliviadas cuando pueden darse cuenta que la pomposidad y fachada intimidante oculta una persona especialmente vulnerable, frágil y dependiente (este mecanismo se conoce como formación reactiva).

El primer paso que debe dar un agresor para dejar de lado su funcionamiento sádico es identificar en qué momentos él mismo ha sido víctima. Quien consigue reconocer su condición de víctima puede superar con más facilidad su condición de agresor, solo así podrá sentir compasión por sí mismo. De esta manera, no se juzga porque sabe que su condición de agresor es parte de condición de victima. Solo así puede nacer un esfuerzo por repara el daño causado.

En las dinámicas relacionales tóxicas o adictivas, generalmente los roles de víctima y agresor se alternan:

Las personas oscilan entre actitudes de victima y agresor. Las sensaciones de importancia y omnipotencia se van alternando en su interior de manera imprevisible para ellos mismos. Las personas que están atrapadas en la fragmentación victima-agresor en el fondo solo tienen la elección entre implosión y explosión (Ruppert, 2018).

Si estás atravesando por una relación que te genera un daño emocional, me gustaría terminar esta entrada diciéndote:

Nadie te puede hacer sentir menos, si tú no le das ese poder.

Tienes derecho a elegir relaciones que te hagan bien y abandonar las que no, sin tener que dar explicaciones.

No hace falta tener una lista de justificaciones racionales para dejar o continuar una relación.

Nadie tiene derecho a traumatizar a otro, no existe nada que lo justifique.

No necesitas llevar cargas que no sean tuyas.

No comprometas tu integridad por seguir un impulso momentáneo.

No tienes porque seguir normas sociales impuestas por una sociedad traumatizada.

En el próximo post enumero qué estrategias no funcionan y cuáles sí podrían funcionar para salir de este tipo de relaciones.

Bibliografía

Bowlby, J (1986). Vínculos afectivos. Madrid: Morata.

Knox, Jean. Self-agency in psychotherapy: Attachment, autonomy, and intimacy. WW Norton & Company, 2010.

Ruppert, Franz (2018) ¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada?. España: Herder.

Tizón, J. L (2015) Psicopatología del poder. Un ensayo sobre la perversión y la corrupción. Herder Editorial.

Uribe, Martha Patricia Ontiveros. “Clasificación Internacional de Enfermedades, Organización Mundial de la Salud. Décima Versión CIE-10.” (2018).

Segal, Daniel L. “Diagnostic and statistical manual of mental disorders (DSM‐IV‐TR).” The Corsini Encyclopedia of Psychology (2010): 1-3.

Wilson, J.P and Keane, T.M (1997) Assessing Psychological Trauma and PTSD. The Guilford Press.