El problema de «Escúchate a ti mismo» en la era de la posverdad

Somos el reflejo de nuestra generación, familia, sistema educativo, medios de comunicación, de la sociedad en general, de políticas internacionales… Es difícil saber hasta qué punto somos nosotros mismos los que hemos elegido la vida que tenemos y hasta dónde somos reactivos a nuestro entorno inmediato e inputs mediáticos. La inversión en think tanks nunca ha sido tan grande y la ingeniería social tan efectiva. El uso de propaganda y fake news es ancestral, pero la tecnología nunca fue tan eficiente en diseminar noticias prefabricadas a un el público esclavo de la indignación.

El escándalo de Cambridge Analyticapor citar un ejemplo reciente, no sólo puso sobre la mesa una vez más la controversia acerca de la falta de privacidad informática, sino también plantea un problema de fondo al que hace referencia Yuval Noah Harari (2018) en 21 lecciones para el siglo XXI:

«Quizás hayas oído que vivimos en la época de hackear ordenadores, pero eso es apenas una parte de la verdad. En realidad vivimos en la época de hackear humanos»

En este mismo libro Harari destapa el asunto que me motiva a escribir este post:

«¿Has visto a esos zombis que vagan por las calles con sus teléfonos inteligentes? ¿Creés que controlan la tecnología o esta los controla a ellos? Entonces, ¿tienes que confiar en ti mismo? Esto suena muy bien en Barrio Sésamo o en una anticuada película de Disney, pero en la realidad no funciona tanto […] La mayoría de la gente apenas se conoce a sí misma y cuando intenta “escucharse”, cae fácilmente presa de manipulaciones externas. La voz que oímos en nuestras cabezas nunca fue digna de confianza, porque siempre reflejaba la propaganda del Estado, el lavado ideológico de cerebro y la publicidad comercial».

Entonces, en este presente distópico en el que vivimos no parece ser suficiente dudar de los medios de comunicación, tampoco podemos confiar en aquellas personas que aseguran saber qué está pasando, la situación es todavía más grave, con certeza nuestros pensamientos y deseos también están inoculados. O, como cualquier psicoanalista que se precie de tal sabe, rara vez queremos aquello que pensamos que queremos.

Para bien o para mal, la primera tendencia es a reaccionar por condicionamiento, aceptar una respuesta enlatada que puede coincidir o no con nuestros intereses, sensibilidad y situación vital:

«La presencia persistente de un estilo de vida en particular que es presentado en los medios puede llevar a la pérdida de objetivos y anomia por parte de las personas que están convencidas de su valor, sin embargo no pueden llevarlo a cabo. Esto es, se percibe como la sociedad promete algo en un principio que se niega más tarde en la realidad» (Katsas, 2012).

Tengo la impresión que todos tenemos «cajas mentales» con las cuales clasificamos, ordenamos la realidad y tomamos decisiones. ¿Pero qué pasa cuando las cajas que explican qué es el éxito personal, que nos posicionan dentro de un espectro político, nos llevan a afiliarnos a la idiosincrasia de un país, nos marcan una situación civil deseable, nos dicen qué está bien y qué está mal, and so on and so on… no se ajustan a nosotros? Si no nos sirve la caja que nos ha sido dada, tendremos que crear una nueva que se ajuste a nuestras necesidades y valores. Se dice rápido…

Cuando el mundo nos ofrece respuestas que no se adaptan a como somos es algo así como estar en el desierto con una caja de cerillos, en el horizonte vislumbramos una estación de tren, la mayor parte de la gente parece subir convencida que llegará a su destino. Hay quienes no tienen pasaje, o directamente no les interesa ese destino. Los que están en el desolado desierto parecen tener dos opciones, o bien, logran hacer algo con la caja de fósforos, o mueren de sed o inanición. Por supuesto, siempre existe la opción de gritar o tirar piedras al tren, en lugar de tratar de resolver nuestra ecuación personal.

Maxfield Gerleve – Candle Flame

Me gusta acompañar en el proceso de convertir una caja de fósforos en un artefacto de supervivencia; no seré yo quien diga que este periplo no es incómodo y doloroso (si tienes alguna idea acerca de qué estoy escribiendo, seguramente sepas que no hay atajos).

No soy un megalomaníaco de la psicoterapia, no. No creo que hacer terapia sea garantía de salir ileso del desierto (no es posible, si bien resulta útil en muchos casos y sirve como catalizador). Se trata del viejo «conócete a ti mismo» del templo de Apolo y de la antiquísima idea budista que generalmente no elegimos en qué pensamos, aún así es posible aprender a no dejarnos arrastrar por corrientes de pensamientos que tienden a inundar nuestra mente. Contrario a la idea popular, no se trata de no pensar, es más bien todo lo contrario. Como especie hemos desarrollado la extraordinaria capacidad de recordar e imaginar posibles escenarios futuros, esto es fundamental, pero al momento de tomar decisiones conviene discernir entre las voces ajenas y las propias. Pescar ideas propias requiere paciencia. David Lynch (2006, 4) —el mítico director de Twin Peaks y Mulholland Drive— en su libro Catching the big fish explica este proceso: 

«Las ideas son como peces, si quieres pescar pequeños peces puedes quedarte en la superficie, pero si quieres pescar peces más grandes, tendrás que adentrarte en lo profundo. Cuanto más profundo vayas, los peces serán más poderosos y más puros, allá son enormes, abstractos y hermosos. Yo busco el tipo de pez que me interesa, esto puede extrapolarse al cine, pero hay todo tipo de peces nadando allá abajo […] Todo, aquello que es algo, proviene del nivel más profundo. La ciencia moderna llama a ese terreno, el campo unificador. Cuanto más grande es tu conciencia, más profundamente te adentras en esta fuente y tu conciencia se expandirá más, cuando más profundo vayas, más grande será el pez que puedas pescar».

En El Libro Rojo, Jung (2012) planteó que existe una dicotomía entre el espíritu de este tiempo y el espíritu de la la profundidad:

«El espíritu de este tiempo sólo quiere oír acerca de la utilidad y el valor. También yo pensaba así, y lo humano en mi todavía piensa así. Sin embargo, aquel otro espíritu me obliga a hablar más allá de la justificación, la utilidad y el sentido. Lleno de orgullo humano y encandilado por el desmedido espíritu de este tiempo, intenté largamente alejar de mí aquel otro espíritu. Pero no repare en que el espíritu de la profundidad posee, desde antaño y en todo el futuro, más poder que el espíritu de este tiempo que cambia con las generaciones. El espíritu de la profundidad ha sometido todo el orgullo y toda la altanería del juicio. Me quitó la fe en la ciencia, me robó la alegría de explicar y clasificar, y dejó que extinguiera en mi la entrega a los ideales de este tiempo. Me forzó a bajar hacia las cosas últimas y más simples».

Maxfield Gerleve – Desert Magic

Quizás una pregunta que pueda ser útil para diferenciar lo importante de lo urgente sea, ¿cuál es lo mínimo (de lo mínimo) que necesitas para estar bien? Para interferencias siempre habrá tiempo.

Bibliografía

Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate. Barcelona.

Jung, C. G., Nante, B., Pinkler, L., & Costantini, M. S. (2012). El libro rojo. El Hilo De Ariadna.

Katsas, G. A. (2012). Anomie, Social Changes and Dysfunctional Socialization. Encephalos, 49, 98-102.

Lynch, D. (2016). Catching the big fish. Penguin.